¿Por qué sabes perfectamente lo que deberías hacer… y aun así no lo haces? La neurociencia tiene una explicación.
A todos nos ha pasado. Te levantas pensando que hoy te vas a concentrar en todas aquellas tareas que tienes pendientes de hacer. Sin embargo, después de contestar más de 100 correos, sobrevivir a reuniones que fácilmente se podían haber solucionado con un simple email y comerte 45 minutos de tráfico, decides mirar sólo un momento Instagram. 45 minutos después ya sabes cómo restaurar un mueble de roble de 1954 y la rutina matinal de un desconocido que se levanta a las 4:30 de la mañana para darse un baño con hielo.
O quizá eres de los que preparan una ensalada para llevar al trabajo mientras observan con cierta superioridad el paquete de patatas fritas que descansa en la despensa. “Hoy no” te dices a ti mismo. Pero, curiosamente, esas mismas patatas no duran vivas ni 30 segundos después de que entres por la puerta de casa por la tarde, agotado.
Lo curioso es que, en todos esos casos, sabes perfectamente qué deberías hacer.
Y, sin embargo, haces otra cosa.
Los griegos ya observaron este fenómeno hace más de dos mil años. Lo llamaron akrasia: actuar en contra del propio juicio. Saber cuál es la mejor decisión y, aun así, elegir otra.
Durante siglos pensamos que la explicación era sencilla. Había personas con más fuerza de voluntad que otras.
Nuestro cerebro no toma todas las decisiones de la misma manera
Desde la neurociencia sabemos que las distintas regiones cerebrales implicadas en la toma de decisiones no participan siempre con la misma intensidad.
Cuando estamos descansados, la corteza prefrontal, situada justo detrás de la frente, trabaja con mayor intensidad, desempeñando un papel especialmente importante. Es la región que nos ayuda a planificar, mantener objetivos a largo plazo, controlar impulsos y preguntarnos qué consecuencias tendrá lo que hagamos hoy dentro de una semana, un mes o un año.
Pero conforme avanza el día ocurre algo interesante.
Tomamos decisiones constantemente. Algunas parecen insignificantes —qué responder a un mensaje, qué cocinar o qué camino elegir para volver a casa— y otras requieren mucha más atención. Todas ellas consumen recursos.
Si además añadimos estrés, falta de sueño, hambre o una jornada especialmente intensa, la capacidad de esa corteza prefrontal para ejercer control se vuelve menos eficiente.
Y ahí cambia el equilibrio.
Las respuestas más automáticas, inmediatas y emocionales, en las que participan distintas estructuras del sistema límbico, que se encuentra en lo profundo del cerebro, comienzan a tener un mayor peso en nuestras decisiones.
No significa que el sistema límbico «tome el control», ni que exista una lucha entre dos cerebros enfrentados.
Simplemente, unas regiones dejan de participar con la misma intensidad que lo hacían unas horas antes.
Y eso basta para cambiar muchas de nuestras decisiones.
Así que, esas patatas fritas de las que hablábamos al principio, que en algunos momentos del día parecían una decisión nutricional, en otros, se convierten en una necesidad casi existencial.
Lo único que ha cambiado es quién tiene más voz en las negociaciones que se celebran en nuestro cerebro.
Porque la corteza prefrontal habla el idioma del «algún día».
El sistema límbico, en cambio, entiende mucho mejor el «ahora».
Y, cuando estamos cansados, el «ahora» suele hablar bastante más alto.
No es un defecto de carácter
Durante años se popularizó la idea de que la fuerza de voluntad funcionaba como un depósito que se iba vaciando a medida que tomábamos decisiones. Aunque hoy esa explicación se considera demasiado simple, sí sabemos que el cansancio mental, el estrés y la carga cognitiva reducen nuestra capacidad para mantener el autocontrol. ¿Por qué? Porque sabemos que el cerebro está diseñado para ahorrar energía antes que demostrar fuerza de voluntad.
En otras palabras, no decidimos igual después de dormir ocho horas que después de diez reuniones y un atasco de cuarenta minutos.
No porque seamos personas distintas, sino porque nuestro cerebro tampoco está funcionando exactamente igual.
¿Qué podemos hacer entonces?
La verdadera disciplina empieza antes de la tentación
La investigación sugiere que si queremos cambiar ciertas conductas, los pequeños cambios en el entorno suelen resultar mucho más eficaces que los grandes discursos de motivación.
Dejar el libro sobre la almohada si la idea es leer más
Dejar el móvil en otro sitio cuando se necesita concentración.
Es decir diseñar el entorno para no tener que negociar con nosotros mismos cuando el cansancio aparece.
Porque la disciplina no consiste en ganar todas las batallas contra uno mismo.
Consiste, muchas veces, en ser lo bastante inteligente como para saber cuáles es mejor no librar.
