Felicidad gaseosa

Hay algo curioso en la forma en que hablamos del descanso. Decimos que necesitamos desconectar. Desconectar del trabajo, del móvil, de las notificaciones, de las reuniones que podrían haber sido un correo electrónico y de los correos electrónicos que podrían no haber existido nunca. Queremos desconectar de las prisas, de los horarios imposibles y, en ocasiones, incluso de algunas personas a las que queremos mucho. Seamos sinceros: hay padres que sueñan con un fin de semana sin escuchar «mamá» o «papá» cada siete minutos, y adolescentes que consideran que unas vacaciones ideales incluyen a sus padres en un continente distinto.

Pero si lo pensamos bien, la pregunta es inevitable: ¿de qué estamos intentando escapar exactamente?

Porque una cosa es necesitar un descanso y otra muy distinta sentir que la vida cotidiana se ha convertido en algo de lo que necesitamos huir periódicamente para poder soportarlo. Cuando esto ocurre, las vacaciones dejan de ser un placer y empiezan a parecerse a una operación de rescate.

A veces imaginamos la felicidad como si fuera un gran premio que nos espera al final de algún camino. Sin embargo, quizá se parezca más a una cuenta bancaria. Cada experiencia agradable, cada momento de calma, cada conversación que disfrutamos o cada actividad que nos ilusiona es un pequeño ingreso. El problema es que muchas personas pasan meses haciendo retiradas y casi ningún ingreso. Y luego se sorprenden cuando la cuenta emocional entra en números rojos.

Entonces llega el verano, un puente o unos días libres. Reservamos un hotel, buscamos paisajes espectaculares, playas paradisíacas o pueblos con encanto. Nos hacemos fotos sonriendo y, durante unos días, recordamos lo que es sentirnos bien.

No hay nada malo en eso. El problema aparece cuando esos diez días de felicidad tienen que sostener los otros trescientos cincuenta y cinco.

Piénselo un momento. ¿Cuántas veces ha dicho últimamente frases como «necesito unas vacaciones», «necesito desaparecer unos días» o «necesito escapar»? Si aparecen con demasiada frecuencia, quizá el problema no sea la falta de vacaciones. Quizá sea que su vida diaria necesita algunos ajustes.

Y no estoy hablando de cambios radicales. No hace falta abandonar todo, mudarse a una cabaña en la montaña y criar cabras. Entre otras cosas porque las cabras parecen mucho más exigentes de lo que muestran los documentales.

Hablo de algo más sencillo. Preguntarse qué cosas le hacen sentirse vivo, interesado o ilusionado. Qué actividades le hacen perder la noción del tiempo. Qué planes espera con ganas. Qué aspectos de su vida le gustaría recuperar.

Curiosamente, muchas personas conocen la respuesta, pero la mantienen archivada en una carpeta mental llamada «algún día». Algún día aprenderé ese idioma. Algún día volveré a tocar la guitarra. Algún día escribiré. Algún día viajaré. Algún día haré ejercicio. Algún día descansaré sin sentirme culpable.

Y resulta que «algún día» suele ser un señor muy ocupado que nunca aparece.

Por eso le propongo un ejercicio. Reserve una cita consigo mismo. Sin excusas. Sin cancelarla cinco minutos antes. Si es capaz de asistir a reuniones, responder mensajes y recordar la revisión del coche, también puede dedicar un rato a pensar en su propia vida.

Pregúntese cómo le gustaría sentirse dentro de uno o dos años. No qué debería hacer. No qué esperan los demás. Qué le gustaría realmente.

Después, elija una acción pequeña. Ridículamente pequeña si hace falta.

¿Quiere leer más? Empiece por dos páginas al día.

¿Quiere caminar? Diez minutos.

¿Quiere aprender algo nuevo? Cinco minutos.

La clave está en entender que la felicidad rara vez llega en forma de fuegos artificiales. Normalmente aparece en forma de pequeñas decisiones repetidas.

Y cuando esas decisiones empiezan a acumularse, sucede algo interesante: deja de necesitar escapar constantemente de su vida, porque poco a poco empieza a construir una de la que no tiene tantas ganas de huir.

Y esa, probablemente, es una de las mejores formas de bienestar que existen.

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