Reconocer que un padre o una madre ha tenido rasgos narcisistas puede resultar liberador, pero también puede abrir muchas preguntas.
Quizá de repente algunas situaciones de la infancia empiezan a tener otro significado. Esa necesidad constante de agradar, el miedo a equivocarte, la sensación de que nunca haces suficiente o la dificultad para expresar lo que necesitas pueden dejar de parecer características personales y empezar a entenderse dentro de una historia más amplia.
Crecer en una relación familiar en la que las necesidades emocionales del adulto ocupan constantemente el centro puede influir en la manera en que un niño aprende a relacionarse consigo mismo y con los demás.
Y esas estrategias pueden acompañarnos durante muchos años.
Cuando aprendes que tus emociones molestan
Un niño necesita poder expresar emociones, equivocarse, pedir ayuda y sentirse escuchado.
Pero cuando sus emociones son ridiculizadas, ignoradas o utilizadas en su contra, puede aprender algo muy diferente: “lo que siento es un problema”.
Si cada vez que estás triste escuchas que eres demasiado sensible, si expresar enfado provoca rechazo o si poner límites genera culpa, poco a poco puedes aprender a esconder determinadas emociones.
No porque no las tengas.
Sino porque has aprendido que expresarlas puede tener un coste.
En la edad adulta esto puede aparecer como dificultad para identificar lo que necesitas, miedo al conflicto o tendencia a guardar silencio hasta que la situación resulta insostenible.
La necesidad de hacerlo todo bien
Otra consecuencia frecuente de determinadas dinámicas familiares es desarrollar una fuerte necesidad de aprobación.
Cuando el reconocimiento depende de cumplir expectativas, sacar buenas notas, comportarse de determinada manera o hacer sentir orgulloso al progenitor, el niño puede aprender a asociar su valor con su rendimiento.
Entonces aparece una idea silenciosa:
“Si lo hago bien, merezco que me quieran.”
Y esa idea puede trasladarse a la vida adulta.
Puede aparecer como perfeccionismo, miedo a equivocarse, dificultad para aceptar críticas o una sensación constante de no estar haciendo suficiente.
Incluso cuando objetivamente las cosas van bien.
Aprender a anticipar el estado emocional de los demás
Hay niños que terminan convirtiéndose en auténticos expertos en detectar cambios de humor.
Aprenden a observar el tono de voz, los gestos, los silencios o cualquier pequeña señal que pueda indicar que algo va mal.
No porque sean especialmente intuitivos, sino porque anticiparse puede haber sido una forma de protegerse emocionalmente.
El problema es que esa estrategia puede quedarse instalada.
De adultos, pueden estar excesivamente pendientes de cómo se sienten los demás, intentar evitar cualquier conflicto o responsabilizarse rápidamente del malestar ajeno.
Y entonces aparece otra dificultad:
¿Qué pasa con lo que yo siento?
Cuando poner límites provoca culpa
En una relación familiar saludable, un límite no debería significar que dejas de querer a la otra persona.
Pero si durante la infancia poner límites se asociaba con egoísmo, rechazo o desobediencia, es posible que llegar a adulto y decir “no” resulte sorprendentemente difícil.
Puedes saber racionalmente que tienes derecho a negarte y, aun así, sentir culpa.
Puedes necesitar espacio y sentir que estás haciendo daño.
Puedes estar cansado y seguir diciendo que sí.
Aprender a poner límites en estos casos no consiste simplemente en aprender una frase adecuada. También implica tolerar la incomodidad que aparece cuando dejamos de ocupar el papel que los demás esperan de nosotros.
Y esto puede influir en las relaciones de pareja
Las experiencias familiares tempranas no determinan inevitablemente nuestras relaciones futuras, pero sí pueden influir en aquello que nos resulta familiar.
Por ejemplo, una persona acostumbrada a tener que ganarse la aprobación puede terminar buscando constantemente validación en sus relaciones.
Otra puede confundir control con preocupación, distancia emocional con independencia o conflicto con rechazo.
También puede ocurrir lo contrario: evitar cualquier relación que implique demasiada vulnerabilidad por miedo a volver a sentirse atrapado en una dinámica conocida.
Por eso, más que preguntarnos simplemente “¿por qué elijo siempre el mismo tipo de persona?”, puede ser útil preguntarnos:
“¿Qué tipo de relación me resulta familiar y qué estoy confundiendo con amor, seguridad o aceptación?”
Lo que ocurrió no tiene por qué convertirse en tu identidad
Reconocer estas consecuencias no significa culpar de todo lo que nos ocurre en la vida adulta a nuestros padres.
Tampoco significa que todas las personas que hayan crecido con un progenitor con rasgos narcisistas vayan a desarrollar las mismas dificultades.
Las experiencias infantiles interactúan con muchos otros factores: otras relaciones significativas, temperamento, contexto, experiencias posteriores y recursos personales.
Pero comprender de dónde pueden venir determinados patrones puede ser un primer paso importante.
Porque aquello que aprendiste para adaptarte a tu familia pudo ser útil entonces y quizá ya no lo sea ahora.
La necesidad de agradar.
El miedo a equivocarte.
La dificultad para decir que no.
La tendencia a cuidar constantemente de los demás.
La sensación de que nunca haces suficiente.
No son necesariamente “tu forma de ser”.
Pueden ser formas de adaptación que aprendiste.
Y lo que se aprende también puede des-aprenderse
